INTELIGENCIA EMOCIONAL

Publicado: marzo 29, 2010 en Uncategorized

Leyendo un post de una de mis compañeras de la facultad, sentí la necesidad de investigar sobre el significado de este concepto.

El término Inteligencia Emocional (IE) se refiere a la capacidad que tiene el individuo para detectar las emociones y sentimientos, propios y ajenos, saber diferenciarlos y utilizar esa información para guiar su pensamiento y su acción.

Gilda Moreno (psicóloga del “Miami Children Hospital”) lo define como la “capacidad que tiene el ser humano para desarrollarse de una manera inteligente dentro de su ambiente, estableciendo un equilibrio emocional antes, durante y después de cada experiencia pudiendo alcanzar así la felicidad”.

Las emociones son elementos que intervienen muy directamente en nuestro aprendizaje, y por lo tanto, en nuestro desarrollo. Dichos elementos son generados por nuestra mente (de carácter individual y subjetivo en cada individuo) e influyen en la conducta que elegimos para reaccionar ante un determinado estímulo. La respuesta que damos a cada estimulo que percibimos en el medio con el que interaccionamos, determina o produce consecuencias que se generan en el ambiente sobre el que actuamos o en nuestro propio estado mental, lo que repercute directamente en nuestra percepción de la realidad y en la atribución de significados que hacemos sobre cada elemento presente en ella. De esta manera, las emociones llegan a ser determinantes en el procesamiento de la información que recibimos de cada experiencia, así como en la asimilación y acomodación de los contenidos explorados y conocidos en cada una ellas.

El escritor Jill Neimar en su artículo ‘Es mágica. Es maleable. Es… la Memoria’, publicado en la revista PSYCHOLOGY TODAY defendió la importancia y el valor de las emociones en el aprendizaje humano diciendo:

   ‘Un recuerdo asociado a una información cargada emocionalmente permanece grabado en el cerebro’.

Desde el punto de vista del educador, es importante responder a la necesidad de prestar más atención al valor de las emociones en la enseñanza, pues éstas son importantes en el proceso de aprendizaje de nuestros alumnos porque potencian la atención que estos prestan a los estímulos generados, potencializando a su vez, su capacidad de aprender y de memorizar.

Es imposible separar la “emoción” de la experiencia, pues todo lo que exploramos o experimentamos, nos genera emociones.

¿Por qué no usar la emoción para atribuir significados a lo que sentimos, y generar así conocimiento y aprendizaje a través de la experiencia dentro de la escuela?

Teniendo consciencia de lo que sentimos ante determinado tipo de estímulos, somos capaces de controlar y acomodar nuestra conducta para dar una respuesta ajustada a las características que determinan y definen la existencia de cada estímulo al que nos exponemos.

¿Cómo se crea una autoconciencia en el individuo para que éste sea capaz de medir y adaptar sus emociones a cada estímulo recibido por el medio en el que se encuentra sumergido? ¿Qué procesos son los que intervienen en dicha consciencia: procesos mentales, procesos cerebrales, o ambos tipos? ¿En qué lugar del cerebro se procesas y se gestionan las emociones?

Las emociones generadas en el ser humano son procesadas en una porción del cerebro situada debajo de la corteza cerebral, que constituye el sistema conocido como “sistema límbico”. Dicho sistema comprende centros cerebrales como el tálamo, hipotálamo, el hipocampo, o la amígdala cerebral. Cada centro cerebral perteneciente al sistema límbico tiene una determinada función dentro de la gestión y procesamiento de las emociones. Por ejemplo, la amígdala cerebral tiene el papel de dotar al sujeto de la capacidad necesaria para efectuar el reconocimiento de la expresión de un rostro, y de los significados emocionales que se encuentran explícitos según sea la forma y organización del gesto para saber si la persona está o no triste.

Para entender mejor la función de dicho centro cerebral, es interesante conocer uno de los experimentos llevados a cabo por J. F. Fulton y D. F. Jacobson, investigadores de la Universidad de Yale, quienes aportaron pruebas de que la capacidad de aprendizaje y la memoria requieren de una amígdala intacta.

Experimento: pusieron a unos chimpancés delante de dos cuencos de comida. En uno de ellos había un apetitoso bocado, el otro estaba vacío. Luego taparon los cuencos. Al cabo de unos segundos se les permitió a los animales tomar uno de los recipientes cerrados. Los animales sanos tomaron sin dudarlo el cuenco que contenía el apetitoso bocado, mientras que los chimpancés con la amígdala lesionada eligieron al azar; el bocado apetitoso no había despertado en ellos ninguna excitación de la amígdala y por eso tampoco lo recordaban.

El sistema límbico está en constante interacción con la corteza cerebral. Una transmisión de señales de alta velocidad permite que el sistema límbico y el neocórtex (el cerebro racional) trabajen juntos, y esto es lo que explica que podamos tener control y consciencia sobre nuestras emociones.

El sistema límbico está compuesto por un conjunto de estructuras cuya función está relacionada con las respuestas emocionales, el aprendizaje y la memoria. Nuestra personalidad, nuestros recuerdos y en definitiva el hecho de ser como somos, depende en gran medida del sistema límbico.

Pero… ¿qué elementos cerebrales intervienen en la exteriorización de nuestras emociones? , es decir, ¿qué parte del cerebro (como estructura física y biológica) es la que activa nuestro cuerpo para responder emocionalmente a un estímulo?

En la manifestación de nuestra conducta, además del sistema límbico, también participan los lóbulos prefrontales y frontales, los que  juegan un especial papel en la asimilación neocortical (racional) de las emociones. Estos lóbulos  asumen dos importantes tareas:

· 1º moderan nuestras reacciones emocionales, frenando las señales del cerebro límbico.

· 2º desarrollan planes de actuación concretos para situaciones emocionales concretas. Mientras que la amígdala del sistema límbico proporciona los primeros auxilios en situaciones emocionales extremas, el lóbulo prefrontal se ocupa de la delicada coordinación de nuestras emociones.

Entonces, ¿Cómo podemos hacer uso de los estudios que se han desarrollado sobre los procesos cognitivos para tomar conciencia de nuestro estado mental? 

Paul Churchland consideró que la psicología popular, cuya teoría defiende la existencia de la mente, debe quedar sustituida por una neurociencia. Es decir, para él sólo existía el monismo del cerebro y lo referente a su funcionamiento, y además defendía que las actividades cognitivas del ser humano son aquellas que resurgen a través del sistema nervioso y no del lenguaje ordinario con el que procesa la mente, pues para él los estados mentales (“deseo”, “sentimiento”, “creencia” o “propósito”) no existían. 

 Paul Churchland propuso una inversión en el procedimiento habitual para desarrollar una investigación de los procesos cognitivos: “partiendo de las actividades cognitivas que desarrollan los seres humanos (como pensar, hablar, recordar, aprender, etc.) podemos analizar e indagar sobre las operaciones cerebrales que las producen (a este mecanismo de proceder se le conoce como “aproximación de arriba a abajo”).”  Encontrándose que una “aproximación de abajo a arriba” en cambio, conllevaría proceder de forma que empezáramos a comprender el comportamiento físico, químico, eléctrico y de desarrollo de las neuronas, para después tratar de comprender lo que conocemos intuitivamente sobre nuestras actividades cognitivas.”

Existe la posibilidad de que la información cargada emocionalmente que pueda ser amenazante para el sujeto, sea enviada hacia las partes más primitivas del cerebro (es decir, hacia abajo) desencadenando así en una reacción “visceral”, en vez de dirigirla hacia “arriba” para comprender las actividades cognitivas con las que debemos usar dicha información. Esto explica por qué situaciones que previamente han causado dolor o miedo al individuo, pueden desencadenar en reacciones irracionalmente violentas e instintivas.

Pero puede ocurrir el mismo proceso cuando, por ejemplo, ‘aprendemos’ a tener los problemas de matemáticas. Por eso es tan importante que aprendamos a controlar nuestro estado mental. Y por ello, encuentro necesario responder con calidad a la necesidad de enseñar a los escolares a identificar, reconocer, y controlar sus emociones.

¿Podemos decir que los “estados mentales” y los “estados cerebrales” son lo mismo? ¿Qué relación existe entre la mente y el cerebro? ¿Son los estados mentales los que dependen de los cerebrales, o se da la dependencia inversa?

Según las teorías emergentistas, los estados mentales no son idénticos a estados físicos del cerebro por lo que no pueden reducirse a ellos. Esta tendencia defiende que existe una relación de dependencia entre los estados mentales y los estados cerebrales, pero que se tratan de tipos de estados diferentes.

Gracias al naturalismo biológico de John Searle sabemos que los procesos mentales, ya sean conscientes o inconscientes, están causados por procesos cerebrales; y son fenómenos que emergen de los sistemas neurofisiológicos presentes en el cerebro humano que, a su vez, han avanzado a lo largo de la evolución de la especie.

Las informaciones procedentes de los órganos sensoriales son transmitidas al cerebro, pero es la mente la que las transforma en las experiencias perceptivas, que son distintas a los procesos cerebrales que las generan.

Cada situación genera en el sujeto que la vive un tipo y un número de emociones distintas, que a su vez son generadas por determinados procesos cerebrales, y que producen la ejecución de una determinada acción en respuesta al estímulo que las evoca. Pero… ¿Todas las manifestaciones conductuales son fruto de los mismos estados mentales?, ¿Hay procesos mentales que no generan una conducta, o todos los estados mentales que experimenta un sujeto responden con un comportamiento determinado por su parte? ¿Existen estados mentales que impliquen otros estados mentales en el sujeto?

Los partidarios de un planteamiento monista en la distinción entre mente y cerebro, niegan la existencia de la mente como una realidad distinta del cerebro y tratan de explicar los fenómenos mentales en términos físicos o biológicos. Este es el caso de la teoría de la identidad mente- cerebro de J.J.C. Smart y David Armstrong, quienes defendían en dicha teoría que los procesos mentales eran idénticos a los procesos cerebrales, admitiendo la existencia de los primeros como causa interna de la conducta y usando exclusivamente la explicación de la conducta humana en términos del funcionamiento físico-químico del sistema nervioso central.

Frente al monismo materialista como corriente predominante entre los científicos que estudian el cerebro humano, existen también teorías dualistas: “mente- cerebro”. Una de ellas es la que mantiene el neurólogo John Eccles.

Eccles define al cerebro como “una estructura que no es lo suficientemente compleja para dar cuenta de los fenómenos relacionados con la conciencia, por lo que hay que admitir la existencia autónoma de una mente autoconsciente distinta del cerebro, entendiéndola a esta última, como una realidad no orgánica que ejerce una función de interpretación y control de los procesos neuronales desarrollados en el cerebro”

Eccles encuentra fundamenta su hipótesis dualista en la teoría de los tres mundos del filósofo Karl Popper, según la cual todo lo que existe en nuestra experiencia está contenido en uno de estos mundos:

* 1 er Mundo –> Realidad física –> Objetos naturales tanto inanimados como biológicos y objetos artificiales.

* 2º Mundo –> Fenómenos mentales –> Percepciones, sentimientos, intenciones, recuerdos, estados de conciencia, etc. 

* 3 er Mundo –> Productos culturales –> Mitos, herramientas, teorías y problemas científicos, instituciones sociales, obras de arte, etc. 

Según Eccles, el cerebro pertenece al primer mundo como objeto natural y biológico; mientras que al segundo mundo pertenecen los elementos mentales como:

a) el sentido externo que le otorgamos a nuestras percepciones de la realidad, desarrolladas gracias a nuestros órganos sensoriales.

b) el sentido interno que producimos sobre la realidad con pensamientos, recuerdos, intenciones, representaciones, emociones o sentimientos.

c) el yo, que es núcleo del segundo mundo, además de la base de la identidad y desarrollo personal que experimentamos.

Una vez llegado a este punto me planteo la siguiente pregunta: ¿Podemos usar la consciencia para responder y adaptarnos a las exigencias del medio obteniendo las consecuencias de nuestra conducta a largo plazo? Es decir, ¿podemos ser conscientes de las necesidades de acción que demanda un medio, aún no estando presente un estímulo que nos genere un estado emocional?

            Los procesos mentales son nuestras herramientas para responder adecuadamente a las demandas del medio, es decir, a sus estímulos; y por ello debemos saber usarlos. Tener consciencia y control de nuestros procesos mentales nos hace posible la adaptación, reaccionando de forma coherente a cada tipo de estimulación presente en cada una de nuestras experiencias. Debemos aprender a usar esos procesos para ir más allá de los efectos que tangibles y experienciales que una determinada conducta provoca en el instante en el que la desarrollamos, ya que a veces, nuestras conductas puntuales provocan sus consecuencias más a largo plazo y afectan a todo un colectivo (no sólo a mí).Este es un aspecto muy importante, por el que considero que debería tenerse más en cuenta la participación de la emoción en el aprendizaje.

Nuestros cerebros están preparados para reconocer y reaccionar rápidamente ante peligros repentinos. Pero no lo están para reconocer el peligro presentado de forma gradual. El cerebro no tiene un sentido de la urgencia creciente y, por lo tanto, en tales casos no se desencadenan reacciones fuertes. Por este motivo, nos cuesta motivarnos para afrontar la amenaza progresiva de la escasez de recursos, la contaminación, el deterioro urbano o la deforestación. Son cambios demasiado graduales para que los registremos como amenazas a nuestra vida.

La adaptación es un reto al que nos enfrentamos cada día y en cada momento, sin duda el control inteligente de nuestro estado emocional es VITAL para alcanzar la felicidad.

¿De qué depende ese control? Podemos aprender a utilizar nuestra inteligencia emocional, pero no todos tenemos la misma pues:

–          Dos personas diferentes pueden responder de distinta manera a un mismo estímulo.

–          Dos personas distintas no conocen las mismas emociones pues quizás no han experimentado situaciones en las que se hayan manifestado; y por lo tanto, el desconocimiento no permite la autogestión personal.

–          Cada persona percibe su realidad de una manera, por lo que una misma realidad generará emociones diferentes en cada caso según la percepción de cada una.

–          Cada predispone de un modo diferente a cada situación, es decir, enfatiza procesos mentales diferentes según sus necesidades emocionales en cada momento; esto influirá por lo tanto en la forma de procesar la información perteneciente al estímulo, y en la forma de gestionar las emociones para generar una conducta como respuesta.

–          Cada situación vivida con emoción queda grabada en la memoria, pero dos personas distintas pueden vincular una situación a dos emociones diferentes o a dos estímulos distintos que hayan estado presentes en esa misma situación.

–          No todas las personas conocen los mismos procesos mentales y saben usar los necesarios para adaptarse al medio de la mejor forma posible.

¿La Inteligencia Emocional está relacionada con la cantidad de vivencias experimentadas por cada uno?, es decir, ¿a mayor número de situaciones y experiencias vividas, mayor inteligencia emocional?

Y si el control y la consciencia de la inteligencia emocional dependen de tantos factores, ¿PODREMOS TODOS ALCANZAR LA FELICIDAD?

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comentarios
  1. Carmen dice:

    ¡Hola Patri!:

    ¡Cómo te lo curras!

    Interesantísimo todo lo que has escrito que me conduce a pensar, a cuestionar, a identificarme o no y, sobre todo, a estar activa con el pensamiento y las emociones que es algo con lo que disfruto mucho.

    Terminas y empiezas tu disertación con algo parecido a ¿podemos alcanzar todos la felicidad? Es curioso las vueltas que podemos darle a las cosas, las elucubraciones mentales en las que distraemos nuestro tiempo para, al final o desde el principio, llegar a esa pregunta y, algunos, hasta a la respuesta. Yo no la tengo, suspendo el concurso, no la sé.

    Cuando tú dices “El control inteligente de nuestro estado emocional es vital para alcanzar la felicidad” y además enfatizas la palabra vital… Yo pienso ¿Siiiii! Me cuesta creerlo a pies juntillas. Ese control probablemente es necesario (a veces imprescindible), para vivir con cierta armonía y equilibrio con nosotros mismos y nuestro entorno, para desenvolvernos en nuestra actividad profesional, para empatizar con nuestros amigos, pareja, familia y compañeros, pero… ¿para ser felices? Quizá sí sea necesario para identificar la felicidad (el estadio personal en el cada uno se identifique con ese concepto, claro), pero para conseguirla… De hecho, un excesivo control sobre las emociones conduce a algunas personas a un estado de rigidez tremendo y a una cierta apatía existencial.

    Las respuestas siempre ajustadas al estímulo y a la situación que las produce pueden ser muy adecuadas en un entorno laboral, pero también pueden resultar frías o incluso inadecuadas si cambiamos el contexto y lo que pretendemos es cierta flexibilidad y un dejar abiertas otras opciones de respuesta. El control y la acomodación de nuestra conducta es algo deseable pero si hiciéramos eso extensivo a todos los contextos y a todas las personas ante todas las situaciones… nos quedaríamos, de momento, sin creativos.

    La creatividad se basa, en muchas ocasiones, en dar la respuesta “equivocada” en un contexto “inadecuado”, en un cierto descontrol de las emociones (a veces tremendo descontrol jeje), en un desajuste con respecto a lo que se espera de alguien.

    Pero también es ser creativo adelantarse con una respuesta a un estímulo que no se ha producido, ser capaz de imaginar las condiciones en las que puede desarrollarse la respuesta y observarnos a nosotros mismos analizando si somos convincentes. También, por qué no.

    Como a mí se me ve claramente el plumero, yo abogo por un cierto descontrol (medido… bueno, bueno, a veces no) de las emociones, de los pensamientos y de las conductas, cuidando el contexto y, sobre todo, cuidando las personas.

    Un beso Patri,

    Carmen

  2. Carmenchu dice:

    Hola Patricia:

    Me alegra mucho ,haber sido parte de la inspiración de este post..De tus creaciones..

    ¿ Qué decir si Carmen, ha escrito tan eficazmente?

    Pues 1 regalo para la vista y el óido, ¡no todo va ser escribir¡ :

    http://www.redesparalaciencia.com

    El programa “NUESTRO CEREBRO ALTRUISTA”..

    ¡ QUÉ LO DISFUTES¡

    1 BESO

  3. Jairo e alfaro dice:

    La iznteligencia emocional erramienta clave en la evolución humana, por la oportunidad que nos ofrece, para el autocontroly la perfección de las relaciones intrpersonales y la búsqueda de la armonía del vivir para el disfrute del ser y la trascedencia al universo complejo morada de Dios.

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